Algo más sobre la obra de Ibsen “Casa de Muñecas”.
Santiago Maunez Vizcarrondo
Dicen que el portazo de Nora cuando sale de su hogar burgués dejando estupefacto a su marido, es el portazo más sonoro de toda la historia del teatro. Henry Ibsen, en 1870, fue el precursor de un pensamiento feminista que entonces empezaba a despuntar y que él retrató en su reivindicativa y libertaria Nora, una mujer que fue criada con todas las facilidades y beneficios de una niña rica, que, en aquellos tiempos no tenía ni debía “meterse” en los asuntos, problemas de los hombres. La criaron como a una muñeca fina de porcelana, algo lujoso que no sabía pensar, pero ella no era así. Se casó, tuvo sus hijos y un marido que continuó tratándola así como a una muñeca sin cerebro.
Todo iba bien en el matrimonio hasta que ella descubrió que su marido estaba casi en la ruina. Nora habló con un amigo banquero de su marido quien le prestó el dinero que salvó a su marido de la ruina. Cuando su marido se enteró de lo que ella había logrado, le gritó que él estaba muy seguro que ella había conseguido el dinero acostándose, como una ramera, con el prestamista. Que le iba a quitar los hijo, el apellido de él y que se largara de su casa.
En eso estaban cuando llegó el banquero amigo de su marido quien le había prestado el dinero a Nora y preguntó qué sucedía. El marido le dijo lo que Nora había hecho “portándose como una ramera”. El banquero aclaró las cosas diciendo “Hasta me pagó cada centavo del préstamo”. Entonces el marido, avergonzado, se arrodilló ante Nora, y le pidió perdón. Nora le dijo que él tenía toda la razón. Que se quedara con sus hijos, su apellido y su casa. Caminó hasta la puerta, salió cerrándola de un sonoro portazo.
Una joven polaca que buscaba la independencia de su patria, sus padres la enviaron a Francia donde se casó con el Dr. Pierre Curie y, eventualmente, tras muchos estudios y sacrificios, obtuvo dos premios Nóbel: uno en física y otro en quimica, su nombre María Curie. En la isla de Cerdeña, una joven estudiosa amante de novelas, sus padres consideraban que esto no era propio para una niña de su clase social y la enviaron a Roma para que recibiera una mejor educación. Así fue como Grazia de Ledda, por sus novelas, recibió el Premio Nóbel de literatura.
En Francia una joven llamada Aurora Dupin de noble alcurnia, tuvo que vestir ropa de hombre y cambiar su nombre a George Sand para que aceptaran sus escritos ganando fama como escritora. Se convirtió en la amante de Federico Chopin. Lo mismo sucedía en la Galicia española con Rosalía de Castro, Concepción del Arenal, la condesa Emilia Pardo Bazán, brillantes intelectuales de una época en que tuvieron que “disfrazarse” de hombres para poder triunfar como mujeres.
En Puerto Rico escasean las biografías de insignes mujeres hijas de “grandes” hombres. Busquen unos breves datos sobre la excelente maestra de piano Alicia Morales hermana de Noro Morales. Alicia Morales fue mi maestra de piano como también lo fue de muchos distinguidos artistas boricuas. Así hizo mi amigo don Julio Alvarado Tricoche con su hija la maestra y profesora de canto Antonia Alvarado, y mi maestro de solfeo don Juan Peña Reyes, con sus tres hijas María, Tomasita y Victoria conocida como “Toyín”.
Mi tía Carmen Maunez aprendió a tocar piano con el profesor Burset para la época del cine silente y amenizaba las películas en el Teatro Oriente de Humacao. Se casó con un ponceño y acabó educando a sus hijos y atendiendo a su negocio. Otras mujeres no tuvieron tanta “suerte”. Dios ha dado muchos valores a las mujeres, defiéndanlos.
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