"LA TRANSFIGURACIÓN"
Santiago Maunez Vizcarrondo
He “alterado” nombres de los personajes, tiempo y lugar; usen su imaginación, como yo la mía. Mi viejo amigo, el sevillano Dr. Isidro Velázquez, me contó uno de los más interesantes incidentes de su juventud. Tenía una amiga con quien pasaba los fines de semana en su pequeño apartamento en el sector Bravo Murillo de Madrid. Ella era una joven morena, tipo morisca, con dotes de poeta, muy liberada, que vestía ropa de hombre y amaba con ansias de gran mujer. Era como una renacida Jorge Sand.
Una noche, luego de cenar y tomarse unas cuantas copas de buen vino, dieron un breve paseo por la alameda y, a eso de las once de la noche, llenos de euforia juvenil, regresaron al apartamento. En la radio tocaban música romántica que invitaba a bailar lentamente y a soñar ilusiones; bajaron el volumen hasta donde apenas se escuchaba la música, más bien se sentía con el alma, eran meras vibraciones en el aire. Prendieron incienso para perfumar el ambiente y encendieron dos candelabros que, con sus oscilantes llamas daban un aspecto de misterio al apartamento.
Ana María, así se llamaba la joven, comenzó a bailar sola una danza mora, lenta y sensual. Isidro, se sentó a observarla. Ella, sabiéndose amada y deseada, picarescamente comenzó a despojarse de su ropa. En la penumbra parecía una odalisca surgida de un cuento de "Las Mil y una Noche". Isidro la imitó vistiéndose de Adán en el Paraíso. Se rieron como dos chiquillos traviesos, se abrazaron y se besaron con pasión, caminando lentamente hasta la cama donde se dejaron caer e hicieron el amor, y dormitaron.
De repente, Isidro vio cuando Ana María, desnuda como estaba, sigilosamente, salió de la cama y se arrodilló frente a ella en actitud de oración. Y oró: "Dios mío, perdona nuestras debilidades humanas. Somos pecadores y lo sabemos más no podemos evitarlo, no tenemos la fuerza de voluntad para ser buenos como tú así lo ordenas. Ayúdanos a ser buenos, te lo pido en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y de María también. Amén"
Isidro, callado, miraba y escuchaba sorprendido. Era la primera vez que Ana María se comportaba así. Entonces, Ana María, sin levantar la cabeza, como hablando consigo misma, dijo: "Hoy es Viernes Santo, y aquí estamos nosotros fornicando, violando uno de los diez mandamientos de Dios. Perdónanos Señor, perdónanos". Y su voz se fue apagando hasta quedar sólo un susurro, y sucedió lo más fantástico. Las velas de los candelabros, con una intensa luz ámbar, iluminaron el fondo del cuarto donde estaban, bañando con un reflejo etéreo el cuerpo de Ana María, y dejando a Isidro aún en la penumbra. Isidro sintió entonces como si su cuerpo no existiera, como si sólo sus ojos estuvieran allí viéndolo todo sin poder decir nada. En el fondo del cuarto apareció un crucifijo, el cuerpo de Cristo crucificado y sangrante. De las manos heridas del Salvador, surgieron rayos de luz que iluminaron intensamente todo el cuerpo desnudo de Ana María, vistiéndolo con un vaporoso manto de luz que, lentamente, lo consumió, desapareciendo Ana María ante los ojos atónitos de Isidro.
En el cuarto se sintió un coro de voces angelicales que entonaban un Ave María, la extraña luz y el crucifijo desaparecieron lentamente y sólo quedó el resplandor de las luces de los candelabros. Isidro volvió a ser una vez más él mismo. Esta vez estaba sólo en el cuarto. Eso me dijo el Dr. Isidro Velázquez, que jamás volvió a saber de Ana María.
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