Las Lágrimas de Amor
Santiago Maunez Vizcarrondo

Amelia nació equivocada. Su padre, le había dicho a su mujer que deseaba tener un hijo. Al nacer Amelia privó a su madre de tener más hijos. Su marido se resignó. Continuó trabajando su finca..
Cuando Amelia, comenzó a gatear, la dejaron sola en la casa. Gateó hasta la escalera y se cayó rompiendo la loseta del último escalón. A sus gritos, su madre la recogió. Llamó a su marido. Dijo la barbaridad que la niña había hecho. El padre arregló el escalón y ordenó que llevaran a Amalia, con los cerdos. Su cráneo no se rompió, pero algo se descompuso. Sonaba música en su cabecita. La niña se convirtió en una bella mujer que decía “sí” a todo.
Su padre ya no podía trabajar la finca. Buscó ayuda y encontró a Anacleto un joven ignorante y trabajador. Regresaron a la finca y Anacleto comenzó sus labores. Ignoró a Amelia hasta el día en que ella lo vio bañándose desnudo en su poza.
Se bañaron juntos. El roce de sus cuerpos y las caricias que él le hizo excitaron a Amelia, que al salir de la poza se tendió sobre la fresca hierba a esperar por Anacleto. Hicieron lo esperado. Amelia relinchó como una yegua y atrajo la atención de su padre, quien buscó a su mujer. Ambos les observaron.
Al siguiente día, el padre habló con Anacleto y acordaron su casamiento. En su día, Anacleto sería su heredero. Vistieron a Amelia con un hermoso traje. En su cabeza le pusieron una corona de flores y en sus manos otro ramo.
Parecía un ángel. El cura le preguntó, si aceptaba a Anacleto como su legítimo esposo. Amelia dijo “sí”. Todo continuó igual en la casa de los padres. Pero ahora Amelia dormía entre sábanas limpias en los brazos de su amoroso Anacleto.
La barriga de Amelia creció y creció hasta que un día se vació por abajo. Nació otra niña. El padre de Amelia maldijo hasta que aceptó a la niña que les robó el corazón. Llamaron a la niña Cirilita y encargaron a Amelia a cuidarla.
El padre de Amelia le pidió a Anacleto, que le acompañara hasta el pueblo para realizar unos negocios y la madre de Amelia les acompañó. Dejaron a Amelia sola a cargo de su hijita.
La niña gateaba. Encontró un mangó y se lo comió. Se atragantó con la pepita. Amelia se encontraba alimentando a los cerdos. Cuando regresó a la casa encontró a la niña estirada en el piso, sin respirar, como una gallina muerta. Notó algo abultado en su garganta y la tomó por los pies, sacudiéndola, hasta que cayó la pepita. Pero la niña no se movía. Algo se iluminó en el cerebro de esa madre-niña. Tomó a su hija, la estrechó contra su pecho y la besó. Al ver que aún no se movía, caminó con la niña entre sus manos hasta su poza. Alzó sus manos al cielo y las abrió cayendo de sus ojos lágrimas de amor.
Cuando todos regresaron cargados de dinero y regalos para la niña, ignorando a la pobre Amelia, buscaron a la niña. Al no encontrarla Amelia se levantó de la escalera y caminó en silencio seguida de Anacleto y sus padres, sin sospechar la tragedia. Al llegar a la poza vieron el cuerpecito de la niña que, flotaba sobre las aguas iluminadas por rayos de sol. Amelia regresó sola a la casa y se sentó en el mismo escalón donde había perdió la razón.

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