Réquiem por mi amigo Germán Peña Plaza
Santiago Maunez Vizcarrondo
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Este Réquiem, como una partitura musical, lo escribo en Si bemol mayor como destello de luz y unidad musical. Con permiso del Padre Rivera Viera, me apropio de los primeros versos de su poema “Romance blanco y rojo” dedicado al Maestro Juan Peña Reyes para regalarlo a uno de sus hijos: “Maestro Germán Peña Plaza, más que mi amigo, mi hermano; sobre tu fosa bendita vengo a sembrar este ramo”.
Eran los primeros años de 1930 y tu padre, el Maestro Juan Peña Reyes, con su esposa doña Berta Plaza y su prole que te incluía, habían regresado del pueblo de Guayama, desde donde por la ignorancia de algún seudo líder, había desterrado a tu padre tal como se hacía con muchos maestros de música en nuestra empobrecida isla pagándoles sueldos de miseria. Regresaron a vivir a la pequeña casa de madera que mi abuela doña Eleuteria Maunez tenía en la calle Esmeralda casi frente a la casa donde nacimos mis siete hermanos y yo. Y se formó una alegre algarabía con los hijos de todo ese encantador vecindario, algo que jamás se volverá a disfrutar en esa calle ni en el resto del pueblo.
Tu padre nos enseñó solfeo cantado a muchos de los niños de nuestro Humacao. Tú y tus hermanos se convirtieron en grandes músicos. En el ‘42 me enviaron a USA de donde regresé como ingeniero civil. Busqué empleo, conseguí mi eterna novia con la que me casé y nos fuimos lejos de Puerto Rico a conquistar el mundo. Tú te quedaste en Puerto Rico, terminaste tus estudios universitarios en la UPR Río Piedras; profundizaste en Humanidades con especialidad en música, como tenía que ser por influencias divinas. Llegó tu eterno amor y nuestras dos familias volvieron a encontrarse por aquellos lares para luego regresar a nuestro pueblo. Volvimos a ser vecinos como en los años ‘30.
Te dedicaste a cumplir con el mandato que Dios te dio: Crear buenos músicos: niños y niñas que formaron exquisitas bandas musicales que le dieron fama a nuestro pueblo y a nuestra patria aquí y allende los mares. Hasta me ensañaste a tocar el violín y fuimos amigos hasta que Dios nos ha separado ya de muy viejos. No quiero que me vean llorar.
Gabriel Hernández López, uno de tus muchos discípulos, me envió una nota donde dice: “La oportunidad golpea la puerta una sola vez, me decía mi querido Maestro Germán Peña Plaza. Lo aprendí muy bien y viví bajo su filosofía. Aprendí la diferencia entre ser Maestro y Profesor, pues el Maestro espera que su discípulo lo supere, sino se siente fracasado; no compite con su discípulo, lo lanza a competir. Nuestro Maestro engendró muchos hijos, discípulos, el cual formamos una gran familia ya que Él nos enseñó a vivir como hermanos; no está muerto sólo nos entregó su batuta para que dirijamos al compás que nos marcó. Maestro quiero que sepa, que su labor no ha sido en vano. Estamos preparados para enfrentar cualquier reto en la vida y nunca lo defraudaremos. Descanse en paz”.
Hermano Germán como yo no resulté ser un buen músico como lo eres tú, rogaré que en el espacio sideral se escuche el Réquiem de Mozart especialmente la Lacrimosa.

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